Palabras, palabras, palabras...
Hay gente que dice saber qué es el paraíso. Algunos cuentan que era el lugar de residencia de Adán y Eva. Otros hablan de playas y arena fina, aguas cristalinas y alguna que otra inmersión bajo el mar para ver estrellas, pulpos y peces de colores.
Yo creo que el paraíso está donde tú quieras que esté. Que se encuentra donde sientas que tu corazón late un poco más rápido. Es el lugar que te emociona y que te hace pensar. Es el lugar donde puedes conquistar los días sellados con sonrisas (Diebelz) y esos pueden estar donde menos te lo esperas.
Hace una semana que estoy en el paraíso, al menos lo es en este momento de mi vida. Queda a unos 20 minutos de mi casa, muy cerca de uno de mis lugares favoritos de la capital: una calle peatonal, que ahora ilumina una fina lluvia artificial cada noche, en la que los viejitos se sientan a charlar y que se ha convertido en el lugar de encuentro de cientos de jóvenes. Una calle en la que se respira consumismo pero que es una de las puertas para llegar al casco antiguo, donde aguardan algunos perros en una plaza mítica donde echaba de comer a las palomas cuando era pequeña.
El paraíso del que les hablo me recuerda a las muñecas rusas. Ves lo que hay fuera pero, si traspasas sus grandes puertas de cristal, encierra millones de micromundos (estoy segura de que es un millón como poco). Y tiene nombres: Karlos Arguiñano, Antonio Machado, Mario Benedetti, Danielle Steel, Jorge Bucay, Murakami, Cornwell, Meyer, Castells, Meyado, Pacheco, Rice, Eduardo Mendoza, Gerónimo Stilton, Neruda... Estoy rodeada de historias. De un Frío que modifica la trayectoria de los peces, del Maldito karma de una mujer triunfadora, de las reuniones del Club de los viernes, de las historietas de unos ratones en El reino de Fantasía, de las aventuras del Capitán Trueno o de Mortadelo y Filemón.
Allí, cada día, veo las caras de emoción de la gente cuando encuentra la historia que buscaba o de los que vuelven con una sonrisa cuando le encantó la historia que le recomendaron en ese macromundo (también de los decepcionados cuando no era lo que buscaban). Y te recomiendan ellos. Te dicen entre risas: "Se llamaba 'El club de los suicidas', ¡qué divertido era!". O "Me gustó mucho 'Ella que todo lo tuvo', me hizo pensar en mi propia vida". Mi profesor de literatura me decía que detrás del título, sólo del título, había ya una gran historia. Tiene toda la razón.
Libros, libros, libros... La gente los devora; son consumistas de las palabras, de las historias de otros. Están enganchados a la acción, al amor, a la cocina, al misterio, al terror, a la poesía, a la historia, a la fotografía, al deporte, al humor... Da igual, son unos viciosos de la palabra y necesitan más y más. Y nosotros estamos en el infinito mundo de las tapas duras, del olor a hoja nueva, de ilustraciones perfectas, de dibujos que llaman la atención de los más pequeños y de los más grandes. Nosotros somos los que les proporcionamos las llaves de esos lugares. Del paraíso, el increíble e infinito mundo de las palabras. Inabarcable, quizás en eso radica su belleza.
Muchos libros para todos.