sábado 5 de diciembre de 2009

Palabras, palabras, palabras...

Hay gente que dice saber qué es el paraíso. Algunos cuentan que era el lugar de residencia de Adán y Eva. Otros hablan de playas y arena fina, aguas cristalinas y alguna que otra inmersión bajo el mar para ver estrellas, pulpos y peces de colores.

Yo creo que el paraíso está donde tú quieras que esté. Que se encuentra donde sientas que tu corazón late un poco más rápido. Es el lugar que te emociona y que te hace pensar. Es el lugar donde puedes conquistar los días sellados con sonrisas (Diebelz) y esos pueden estar donde menos te lo esperas.

Hace una semana que estoy en el paraíso, al menos lo es en este momento de mi vida. Queda a unos 20 minutos de mi casa, muy cerca de uno de mis lugares favoritos de la capital: una calle peatonal, que ahora ilumina una fina lluvia artificial cada noche, en la que los viejitos se sientan a charlar y que se ha convertido en el lugar de encuentro de cientos de jóvenes. Una calle en la que se respira consumismo pero que es una de las puertas para llegar al casco antiguo, donde aguardan algunos perros en una plaza mítica donde echaba de comer a las palomas cuando era pequeña.

El paraíso del que les hablo me recuerda a las muñecas rusas. Ves lo que hay fuera pero, si traspasas sus grandes puertas de cristal, encierra millones de micromundos (estoy segura de que es un millón como poco). Y tiene nombres: Karlos Arguiñano, Antonio Machado, Mario Benedetti, Danielle Steel, Jorge Bucay, Murakami, Cornwell, Meyer, Castells, Meyado, Pacheco, Rice, Eduardo Mendoza, Gerónimo Stilton, Neruda... Estoy rodeada de historias. De un Frío que modifica la trayectoria de los peces, del Maldito karma de una mujer triunfadora, de las reuniones del Club de los viernes, de las historietas de unos ratones en El reino de Fantasía, de las aventuras del Capitán Trueno o de Mortadelo y Filemón.

Allí, cada día, veo las caras de emoción de la gente cuando encuentra la historia que buscaba o de los que vuelven con una sonrisa cuando le encantó la historia que le recomendaron en ese macromundo (también de los decepcionados cuando no era lo que buscaban). Y te recomiendan ellos. Te dicen entre risas: "Se llamaba 'El club de los suicidas', ¡qué divertido era!". O "Me gustó mucho 'Ella que todo lo tuvo', me hizo pensar en mi propia vida". Mi profesor de literatura me decía que detrás del título, sólo del título, había ya una gran historia. Tiene toda la razón.

Libros, libros, libros... La gente los devora; son consumistas de las palabras, de las historias de otros. Están enganchados a la acción, al amor, a la cocina, al misterio, al terror, a la poesía, a la historia, a la fotografía, al deporte, al humor... Da igual, son unos viciosos de la palabra y necesitan más y más. Y nosotros estamos en el infinito mundo de las tapas duras, del olor a hoja nueva, de ilustraciones perfectas, de dibujos que llaman la atención de los más pequeños y de los más grandes. Nosotros somos los que les proporcionamos las llaves de esos lugares. Del paraíso, el increíble e infinito mundo de las palabras. Inabarcable, quizás en eso radica su belleza.

Muchos libros para todos.

martes 17 de noviembre de 2009

En clave de sol

Hoy llueve y oigo cómo las gotas caen con fuerza contra el marco de la ventana. Un manto gris cubre casi todo el cielo. En los días así aparece la nostalgia. Pero un poco de música hace que piense que los grises no lo son tanto.

Le cojo prestado a Jonay, un auténtico compositor amante de las pequeñas grandes cosas, algo de la música que encuentra y que nos regala de vez en cuando.




Porque las grandes ciudades también pueden tener un poco de magia. Nostalgia del metro. Nostalgia de ti.

jueves 12 de noviembre de 2009

Quiero

Quiero llenar de magia cada segundo que pase contigo. Quiero compartir los auriculares en un vagón de tren que nos lleve a ninguna parte. Quiero taparte los ojos y hacer aflorar todos tus sentidos. Quiero que cambies tus huesos cerca de los míos y descubrirnos hoy como si fuera mañana; y mañana como si fuera ayer.

Quiero hacer un collage con tus sonrisas y pegar los trozos en las paredes de mi cuarto. Quiero coger las gafas de agua y el tubo y meternos en el fondo del mar para enseñarte los tesoros que guarda el mundo que pisamos. Quiero leer tu libro favorito, contigo a mi lado en la arena, una tarde de noviembre. Quiero que me hagas tocar el cielo cada vez que me roces.

Quiero que entiendas mis silencios. Quiero que me des cada día un poco más. Quiero que mis abrazos se conviertan en un molde para tu cuerpo. Quiero que me cuentes historias que me hagan reir hasta que me duelan las costillas. Quiero que te quedes a dormir en mi sofá cuando yo me quede dormida viendo la tele. Quiero hacer tortilla de papas los días grises. Y llevarte al trabajo todas las mañanas. Quiero que seamos libres para decir no y para decir que sí. Y que los síes sean más que los noes. Y que los noes sean más que los síes.

Quiero que me robes los besos que guardo en la comisura de los labios. Quiero robarte los orgasmos una noche soleada y despertarte con una taza de café un día de luna llena. Quiero que me hagas entender que para querer no hace falta entender nada.

O quizás sólo quiero quererte, sin más. Y alguna que otra hora...




Para mis amigos, por sus maneras de querer
tan sanas, tan mágicas.

sábado 7 de noviembre de 2009

Un día te recordé

¿Se imaginan levantarse un día y no acordarse de cosas que antes se presentaban nítidas y claras? Por ejemplo, olvidarse de los recuerdos de la infancia y la juventud.

Ayer era: "Cuando tus tias abuelas y yo salíamos a bailar nos reuníamos para pintarnos los ojos con carbón y pellizcarnos las mejillas" o "cuando vivía con mis padres iba con mis tías a lavar la ropa muy lejos de mi casa" o "estuve diez años hablando con tu abuelo antes de darle un beso. Antes eso era diferente, no era todo tan fácil y siempre venía con nosotros un familiar".

Recuerdos que se cuentan a la luz del atardecer en la mesa de la cocina mientras ella cocinaba, cocinaba mucho. Hacía los mejores espaguetis del mundo. Y arbejas, y moros y cristianos. Incluso, sancocho. Hace mucho tiempo que en la cocina sólo quedó la soledad y el olor a café. Todo empezó por no querer manchar la cocina friendo la comida. Luego llegó el olvido. No se acordaba de la receta de su potaje favorito.

Se ruborizaba cuando contábamos alguna anécdota un poco fuera de tono. Y se acordaba de todos sus nietos (hasta de su fecha de nacimiento). Luego ya nada le daba vergüenza. Y empezó a tachar los días que pasaban, sin que ella los pudiera parar, para que no se detuviera el tiempo en su cabeza. El café, el baño, el supermercado, la peluquería. Y se acabaron los paseos en guagua y las visitas hasta bien entrada la noche a sus hijos.

"¿Sabes? antes siempre iba a caminar a la playa. Te voy a enseñar una cosa para que veas". Y comenzaron los mismos recuerdos que repite una y otra vez. Unos bañadores en perfectas condiciones, una sonrisa pícara y otro: "antes caminaba mucho por la playa". Lo sé. Recuerdo estar en la cama de la habitación de al lado y verte asomar la cabeza a las 7.30 de la mañana. Recuerdo que me decías dormilona y te ponías a trajinear en la cocina. Recuerdo el olor a naranja y el momento en que salíamos juntas, vestidas con un traje y las zapatillas de playa, y caminar por la arena. Nos daba el aire en la cara y andábamos hasta que la barriga empezaba a pedir su primera comida del día. Nos parábamos en la panadería y comprábamos el pan recién hecho. Y, como siempre, desayunábamos juntas un bocadillo de jamón y queso y una larga conversación.

Recuerdo ponerme tus zapatos de tacón y pasear por aquella casa enorme que tenía un árbol en el jardín. Y tus batas de flores. Recuerdo meterme en tu cama por las mañanas. Recuerdo tus fantásticas meriendas, aquellas a las que invitábamos (con o sin tu permiso) a todos los niños del barrio.

Ahora las palabras pierden sentido antes de llegar a tu cerebro y se amontonan delante de una puerta que cuesta abrir cada vez más. Y un día no te acordarás de nosotros, ni de las naranjas, ni de las meriendas, ni de tus visitas, ni de tus paseos por la playa, ni de qué comiste hoy. Pero, siempre, siempre, siempre, serás mi abuela, la que me crió, la que me consintió, la que me quiso tanto, la que me peleó por ser traviesa y una contestona, la que desayunaba con nosotras y nos contaba anécdotas de su juventud, aquella época en la que destacabas por tus faldas de tubo y tus maravillosos tacones.













A mi abuela

lunes 2 de noviembre de 2009

Alergia

Tengo alergia a ti: a tus bromas pesadas, a tus abrazos rotos, a tus ingenuas mentiras, a tus calificativos dolorosos, a tu mal querer.

Tengo alergia a los momentos que pasamos uno al lado del otro: a los paseos por calles mojadas, a los cafés que nos tomamos una tarde de otoño, a los enfados al otro lado del teléfono, a los silencios incómodos en el salón.

Tengo alergia a tu quiero y no puedo, a mi quiero y no debo.
Tengo alergia a los besos que nunca llegaron y a los que me diste sin yo quererlos.
Tus desplantes me dan alergia. Nuestras hipocresías. Mis esperas frente al portal.
Tengo alergia a perder el tiempo y por eso evito todo aquello que me da alergia.

Disfruto de los cafés, las calles mojadas, las risas al otro lado del teléfono y de los silencios en el coche. Ahora hay quiero porque puedo y besos que saben a fresas recién cogidas en una tarde soleada de marzo, aún calientes. Y nadie espera en el portal de nadie. Y nadie tiene que mentirse. Y nadie deja a nadie solo una noche lluviosa. Ya no hay mal querer, ya hay una venda para cada uno de los abrazos que se rompieron durante el camino.